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lunes, 16 de noviembre de 2009

Sin título, Rodrigo Fresán

Sin título (cuento)
por Rodrigo Fresán


Vía: Letras Libres
Febrero, 2002.


Siempre me causó cierta inquietud (en realidad una muy distintiva y, a mi parecer, comprensible irritación) el modo en que, en ocasiones, los artistas plásticos en general evitan ponerle nombre a muchas de sus obras. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué quieren decir y decirnos cuando no dicen nada o, peor, nos dicen que no tienen nada para decirnos?

Así, nos detenemos frente a un paisaje marino, a una galaxia de rombos de colores atómicos flotando en el espacio, a un hombre de espaldas a un bosque cubierto por la nieve, a una sola línea cruzando el lienzo blanco y —al inclinarnos para ver mejor, para entenderlo del todo— nos encontramos con una minúscula etiqueta donde se lee Sin título y el nombre del artista y una fecha al lado. A veces, para peor (me refiero a esa soberbia un tanto desvaída de esos ladrones de guante blanco o de aquellos asesinos seriales que jamás son atrapados), leemos un todavía más soberbio Sin título N. 47 o Sin título N. 62, como si la abstracción de lo que no tiene nombre pudiera ser comprendida con la ayuda de lo matemático. Es entonces cuando nos sentimos estafados, fieles abandonados por su dios en el peor momento de la tempestad, sin entender el motivo de semejante castigo. Pero, se sabe, Dios es Dios porque no necesita ni está obligado a dar explicaciones.

"Tonto, lo hacen para que le pongas el nombre que quieras; para que termines de crearlo", me dijo una vez una mujer demasiado hermosa para creer en semejante estupidez. Alguien capaz de, a fuerza de belleza, conseguir que cosas sin sentido suenen coherentes y hasta iluminadoras. Alguien tan peligroso como un iceberg en una noche oscura. Una de esas típicas niñas de apellido patricio me dijo eso, y yo la sentí parte de una conspiración invisible y me alejé para siempre de su lado con cualquier excusa. Una excusa sin título y con número y, en ocasiones, en un avión o en un barco —en las alturas sin título o en el azul marino N. 33— me dan un formulario vacío para que lo llene con letras y en la línea donde se pregunta ocupación yo contesto Alejador Profesional. A veces escribo Sin Título para ver cómo queda y, descubro, me perturba comprender que queda bien como suelen quedar bien las verdades incontestables.

En eso estoy ahora: alejándome, sin título. De todo y de todos menos de Benjamín Federov, de quien jamás podré alejarme porque son los muertos y no uno quienes —habiendo accedido al final de todo y conocedores de por qué empezaron ciertas historias— determinan la conclusión de algo, la mejor manera de darle un final a una historia.

Benjamín Federov bien podría ser el título de esta historia sin título, creo.

Benjamín Federov ha muerto

Así debería empezar todo esto porque de esto es de lo que quiero escribir aquí. Una frase corta, un hecho incontestable, un tema, una dirección segura: Benjamín Federov ha muerto. ¿Habrá una manera mejor de comenzar? Me temo y me alegra descubrir que no.

Benjamín Federov amaba las oraciones largas. Oraciones como esas caminatas de otoño, un domingo dorado por la mañana, sin mapa ni brújula y Handel en el aire. Oraciones que empiezan con una o dos coordenadas reconocibles para después extraviarse por el solo placer de que alguien vaya a buscarlas con perros y linternas cuando ya ha oscurecido y el frío desciende desde las alturas. Oraciones como esta oración que acabo de escribir pero —a diferencia de esta oración que acabo de escribir— oraciones perfectas o, como bien precisó alguien, "para bien o para mal, oraciones marca Federov".

Sin embargo, "Benjamín Federov ha muerto", descubro, es también una de esas sinuosas anacondas federovianas apenas escondida en las tripas de un breve gusano. A Benjamín Federov le gustaba, de tanto en tanto, dejar caer una oración corta más parecida a un mandamiento que a una instrucción. Un caballo de Troya de pocas letras ocultando un tumulto de palabras en sus tripas de madera. Uno de esos payasos peligrosos que saltan con una carcajada al abrirse la caja y provocan un ataque cardíaco en el incauto convirtiéndolo en historia digna de ser contada; porque una muerte absurda, en ocasiones, es lo único que acaba justificando una vida inocurrente.

Benjamín Federov tuvo una vida ocurrente y una muerte que no estuvo a la altura de su portentosa biografía. Al menos eso piensan todos y todos se equivocan. Yo lo veo —yo lo vi— levantarse para recibir otro honor y otra medalla y, de improviso, observé cómo Benjamín Federov se llevó la mano al pecho —como si buscara el reloj en el bolsillo de su chaleco para averiguar la hora exacta— y se derrumbó frente al estrado y a una más que apreciable concurrencia. En alguna parte leí que Honoré de Balzac en su lecho de muerte llamó a uno de sus personajes, un doctor ficticio, para que lo curara. A Benjamín Federov no le hizo falta llamar a ninguna de sus criaturas porque yo ya estaba allí.

Después, todos alrededor de una tumba en el hielo difícil del centro del invierno. Cuatro hombres con picos y palas cavando entre insultos de vapor y voz baja algo que parece más una caverna vertical que un foso. A Benjamín Federov le hubiera encantado la escena.

El ataúd de Benjamín Federov es un gran ataúd. Un ataúd digno de un rey. Un ataúd especialmente acondicionado para guardar todas esas oraciones largas y que no se escapen. Alguien pregunta si queremos dar una última mirada al difunto, alguien responde que sí y demoro casi medio minuto en comprender que fui yo. Me acerco al borde del ataúd, lo abren, miro hacia abajo y contengo el espanto del vértigo. Benjamín Federov me mira desde el fondo de un acantilado inaccesible, creo. Está con los pantalones arremangados hasta la rodilla, los pies en el principio o el final del mar, me parece que sonríe, que me sonríe a mí y no entiendo muy bien por qué. Entonces la viuda de Benjamín Federov (ella nunca tendrá nombre para mí, ella siempre será La viuda de Benjamín Federov, otra de sus tantas oraciones breves e inconmensurables, otro mandamiento imposible de desobedecer, otra forma engañosa del Sin Título) se acerca a mí y me toma del brazo y emprendemos el camino de regreso a cualquier parte. Atrás el sonido del ataúd que se cierra y los sonidos esforzados de los sepultureros. La superficie de la tierra, me parece, tiembla un poco para recibir los restos mortales de Benjamín Federov y enseguida la mecánica de las palas y la tierra devuelta a su lugar y todo indica que nevará por la noche. Mañana, nadie podrá decir que aquí fue enterrado un gigante. Ni siquiera los pájaros que ahora estrenan su lápida, se paran sobre ella, cantan algo que no entiendo. La viuda de Benjamín Federov me lleva del brazo como si yo fuera una de esas oraciones extraviadas hace tanto tiempo y entonces descubro el por qué de la sonrisa de Benjamín Federov y comprendo que Benjamín Federov murió para que yo pudiera nacer y, conmigo, persistiera su memoria terrible, su monstruoso recuerdo.

Yo soy el guardián de su templo y hay días —cuando veo uno de esos cuadros titulados Sin título— en que pienso en suicidarme y acabar con todo esto. Un suicidio le daría título a mi vida, razono frente a los espejos de los cuartos de hotel de pueblos siempre iguales, pueblos sin título, mientras me preparo para repetir (repetir no es el verbo correcto; pienso que mejor sería recitar o, tal vez, rezar) la misma conferencia de siempre. Abajo, en el vestíbulo, me esperan las autoridades municipales, las maestras, todos idénticos entre ellos por más que sus nombres y sus rostros cambien. Me sonríen, me felicitan, me tocan como, supongo, se tocaría a un apóstol de Jesucristo o a un lugarteniente de Napoleón: a alguien que estuvo allí. Me hacen preguntas primero tímidas y luego —concluida la conferencia y comenzadas varias botellas de vino— preguntas casi impertinentes en su curiosidad de fanáticos. Antes, claro, la breve caminata donde se cruza la plaza (siempre la misma estatua; el hombre a caballo, el brazo extendido señalando la posteridad que nunca llega y que sólo sirve para que lo caguen las palomas) hasta alcanzar la Casa de Cultura (siempre predecible en su arquitectura, siempre esa fachada de hospital que confundió el rumbo), y yo que repito los mismos movimientos como una marioneta de carne. Espero que me presenten y que se extingan los aplausos, me pongo de pie, avanzo hasta el estrado, me llevo la mano al pecho, miro fijo hacia adelante sin mirar a nadie, y digo bien claro las mismas palabras mágicas. Otra vez, con la resignación de un condenado. "Benjamín Federov ha muerto", digo. Y entonces, siempre, me siento más vivo que nunca.

Mi primer y único libro de cuentos —La chica que cayó en la piscina aquella noche— no responde a una estética federoviana, por más que un crítico haya creído ver en él "el amor traicionero y perfecto que sólo los mejores discípulos tienen la oportunidad de sentir por los mejores maestros". Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche poco y nada tienen que ver con el credo de mi maestro. De hecho, representan todo aquello que Benjamín Federov despreció en vida. Los cuentos de Benjamín Federov —especialmente los incluidos dentro de su Ciclo Canciones Tristes— son cuentos breves de oraciones largas, pero inmensos en su pura necesidad de acontecer y en la puntualidad sintética de sus intenciones. Los detractores de Federov repetían —una y otra vez, ante la imposibilidad de encontrar defecto alguno en lo que escribía— que su obra era "demasiado segura de sí misma" y "exhibicionista en su aparente humildad arquitectónica". Alguien denominó a sus relatos "novelas en miniatura" o "cuentos gigantes" o "ensayos con argumento" o "ecuaciones humanísticas". Puede ser que algo de verdad haya en ello y que por eso (no demoró en aparecer quien le reclamara una novela como prueba final de su maestría) Benjamín Federov jamás haya sentido la necesidad de escribir otra cosa que no fueran relatos. Benjamín Federov se refería, como ejemplo de su trabajo y de su sistema creativo, a la furiosa compresión que necesita el carbón para convertirse en diamante y en la felicidad de apreciar detalle por detalle. "Mi novela son todos mis cuentos juntos leídos en el orden que más le plazca al lector", se excusó desafiante. Los que alguna vez lo observaron escribir (me lo contaron; yo nunca lo vi durante el acto mismo de la creación) dicen que se trataba de una visión terrible e inolvidable: Federov lanzaba gritos, arrasaba con todo lo que había sobre su escritorio, pateaba sillas para caer sobre la alfombra preso de convulsiones con los ojos en blanco y espuma en la boca. Federov como uno de esos santos o profetas extremos, que luego se incorporaba con una sonrisa, se arreglaba la ropa, se sentaba a anotar la palabra justa como si nada hubiera ocurrido.

En más de una ocasión me señalaron que —de haber vivido para leerlos— Benjamín Federov habría despreciado todos y cada uno de los relatos incluidos en La chica que cayó en la piscina aquella noche. En especial el que le da título al libro. Me lo dicen con el respeto que se le dedica a los grandes traidores, a los más heroicos cobardes. Algunos —buscando un sitio donde apoyarse y desde el cual comprender— mencionan ese breve cuento-dentro-de-cuento en el centro de "Los amantes del arte" que, incluso en el título, sí muestra cierta contención federoviana, cierto núcleo moral y didáctico. Cuando me lo dicen guardo silencio. A veces sonrío. Cambio de tema. Es fácil: en realidad no quieren hablar de mí, sólo quieren que sea yo quien les hable de Benjamín Federov. Y yo no me hago rogar nunca. Yo obedezco a la voluntad de mi amo y señor, del autor de mis días y mis noches.

"Si la ficción no nos enseña algo de la realidad, entonces estamos perdidos", es una de las frases más citadas de Benjamín Federov. Digo eso, siempre, después de "Benjamín Federov ha muerto..."; y sigo con un "...pero sus cuentos están más vivos que nunca".

Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche nacieron muertos. Son complejos cadáveres narrativos que no enseñan nada ni les interesa hacerlo. Todo lo contrario. Son cuentos para personas que se han resignado a estar perdidas y que ya no buscan el camino de regreso a casa. Son cuentos que desenseñan y que no aspiran a ningún tipo de revelación virtuosa. Al ser incluido en una reciente antología de jóvenes narradores, el crítico de turno se refirió al cuento que da título al libro como "un atentado, un bomba de fragmentación escondida entre tantos relatos que empiezan, transcurren y terminan. Una rara y atendible paradoja, ya que se trata del cuento de quien es considerado el más dedicado discípulo y especialista en la obra de Benjamín Federov".

Ja.
Ja ja.
Ja ja ja.

El crítico no se atrevió a decir si el cuento era bueno o malo porque —si algo de perversamente genial tienen los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche— es que, en su aparente condición gaseosa e inasible, parecen estar envasados al vacío perfecto, son imposibles de abrir como ciertos relojes y, sí, como ciertos cuentos de Federov.

Oraciones largas, de acuerdo; pero poco y nada que ver con las oraciones largas de Federov o —ya que estamos— las contadas oraciones cortas de Federov funcionando, siempre, como eficaz llave que abre esos trabajados portales de catedral europea o palacio gubernamental sudamericano. Entradas rebosando bajorrelieves repletos de figuras y líneas barrocas extendiéndose, a veces, por varias páginas antes de alcanzar el respiro de un punto y aparte. Para ponerlo más fácil: en su milagrosa y casi sobrenatural perfección, las oraciones largas de Benjamín Federov se leían como oraciones cortas de Benjamín Federov.

Y viceversa.

Los títulos de todos y cada uno de los cuentos de Benjamín Federov están plenamente justificados y de inmediato se entiende su razón de ser. Los títulos de los cuentos de Benjamín Federov son casi el argumento del cuento: "Una cacería", "Primer amor", "La mujer del otro", "En alta mar", "El taxista ruso", "La muerte de la inocencia", "El hombre que abrazaba las estatuas"...

Los personajes de los cuentos de Benjamín Federov rara vez tienen apellido y a menudo transcurren en tiempo presente y real y narran una acción que demora lo que se demora en leer un cuento.

Los únicos tres cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche con títulos a los que podría calificarse de federovianos son "En la frontera", "Los surrealistas", "Historia con monstruos"... Pero ninguno de los tres tiene algo que ver con un cuento de Benjamín Federov.

El primero narra un hipotético —pero imposible en lo cronológico— intercambio de dos escritores en una frontera imprecisa entre Europa y los Estados Unidos: Europa entrega a Vladimir Nabokov para que escriba la gran novela norteamericana a cambio de Henry James, quien deberá escribir la gran novela europea. Una broma para intelectuales.

El segundo es otra arbitraria alteración de la historia: Salvador Dalí, Max Ernst, Luis Buñuel, André Bretón, De Chirico, René Magritte y Man Ray aparecen como parte de un selecto escuadrón logístico de costumbres poco ortodoxas aunque efectivas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

El tercero es muy complicado de resumir aquí. Sólo diré que trata de un extra de 2001: A Space Odissey que se niega a quitarse su traje de mono y vive dentro de él durante años. Algo así.

Los cuentos de La chica que cayó en la piscina aquella noche podrían titularse, todos, "Sin título".

Y después un número.

O ni siquiera eso.

Nadie se molestaría demasiado, salvo yo cuando me doy cuenta que sé todos y cada uno de esos cuentos de memoria; que ahora podría escribirlos, palabra por palabra, como si fuera la primera vez porque sería la primera vez, a pesar de que siempre me hayan parecido espantosos, a pesar de que ya estén escritos.

Yo no quería ser escritor.
Yo no quiero ser escritor.
Yo no soy escritor.

Yo quise ser pintor, luego músico, más tarde (la súbita conciencia de que no servía para eso me iba llevando de una disciplina a otra como quien pasea por las diferentes salas de un museo del todo y de la nada) pensé que lo mío podía tal vez estar en las matemáticas. Una novia que duró poco (como todas mis novias) me convenció (o yo quise convencerme) de ese absurdo del arte en los números. En realidad, descubro ahora, me abalancé sobre una ciencia exacta más empujado por el significado y el valor de esa palabra —exacta—, que parecía prometerme un orden previo en el que yo podría encontrar espacio y razón de ser. No importaba el hecho de que en el colegio primario hubiera sucumbido temprano ante la incomprensible novedad de los decimales y, más tarde, los números negativos me hubieran dado el tiro de gracia. Yo me resignaba a mis sucesivas vocaciones, las abordaba como si se tratara de trabajos mínimamente hercúleos con un entusiasmo ligeramente autómata, como se eligen los bombones de una caja dorada.

Pinté un paisaje marino horrible. Compuse una sonata pasable que —no tardaron en señalármelo— se parecía demasiado a no sé qué cosa de Debussy. (Yo sintonizaba la estación de radio clásica todas las noches; me dormía oyéndola y, tal vez, haya sido programado subliminalmente para el plagio casi hipnótico: no importa.) Lo único que produje en el campo de las matemáticas fue un ataque de histeria en uno de mis profesores, quien, luego de un breve período de curiosidad —era la época en que estaban de moda los disfuncionales estilo savant, la posibilidad del genio revolucionario escondido en el doble fondo del más obtuso—, no pudo creer la súbita corporización de semejante idiota en su clase y enloqueció de impotencia frente a sus estudiantes.

Alguien me sugirió entonces que me dedicara a la actuación.

Yo conocí a Benjamín Federov cuando salía de una de mis clases en el conservatorio dramático. Yo ya estaba seguro que mi pasaje por las tablas no iba a prosperar, pero, hasta entonces, no había tenido mayor problema porque todo se había limitado a ejercicios de relajación. El haberme quedado dormido en una clase fue celebrado por mi maestro como muestra de entrega y pasión por mi parte, y no demoré en conseguir novia entre mis compañeras, una chica que aseguraba que Shakespeare había sido mujer o extraterrestre o el alias colectivo de varios autores, no me acuerdo muy bien.

Me acuerdo, sí, que salí a la calle corriendo por alguna de esas varias razones por las que alguien que tiene mi edad de entonces puede llegar a correr. No molesta que uno corra entonces, y hasta se nos antoja coherente la súbita irrupción en escena de un joven corriendo, del mismo modo que no cuestionamos en aquellas viejas películas el modo en que los actores suelen entrar en cuadro (en habitaciones, en ascensores, en camarotes, en autos) siempre riendo por alguna extraña razón que se nos escapa. Digo que yo salí corriendo a la calle y choqué contra el cuerpo imponente de Benjamín Federov en el momento exacto en que el escritor posaba para una fotografía junto a un portal. La foto hoy es famosa y cuesta poco encontrarla en el insert de láminas de las tres o cuatro biografías respetables de Benjamín Federov. La foto apareció primero a los pocos días en una revista con un epígrafe pretendidamente gracioso donde se leía algo del estilo: "El lector deslumbrado por el escritor." Después, con el correr del tiempo, la foto adquirió un valor histórico porque supo capturar el instante preciso en que el maestro conoció a su aprendiz. En la foto, en blanco y negro, se puede observar a Benjamín Federov apenas sorprendido por mi súbita irrupción en su mundo. El escritor aparece de pie, sólido y vertical, con el gesto adusto e imperecedero de una estatua y yo, de rodillas y con una mueca de dolor en el rostro tan fácil de confundir con el éxtasis, lo contemplo como aquel que parece haber nacido nada más que para contemplar una estatua. Un espectador profesional. Un inútil testigo de milagros en los que todos creen. Esos milagros para los que, en realidad, no hace falta ningún testigo porque no hay nadie digno de ponerlos en duda.

Una foto pudo alguna vez haber sido algo milagroso, pero ya no lo es. Lo que hay de mágico en una foto, hoy, no tiene nada que ver con el asombro de un proceso técnico sino con la posibilidad de que, siendo una de las expresiones más consumadas de la fidelidad y de lo verdadero, todo lo que allí se ve no sea más que la más perfecta de las mentiras. Así, un hombre y una mujer que se detestan sonriendo juntos a la cámara; así, la falacia de un eclipse que dura para siempre.

De todas las mentiras fotografiadas que me ha tocado contemplar, aquella que me muestra a mí a los pies de Benjamín Federov es mi foto mentirosa preferida. Pero, también, no es más que eso. Poca cosa. Algo importante para mí que no tiene por qué importarle a los otros. Un segundo sin especial significado que, sometido sin pedir permiso a los riesgos de la eternidad, no tiene otra opción que la de la mentira para justificar semejante blasfemia. Es una foto que muestra a dos personas (una de ellas muy famosa) felices de saberse ajenas al destino de casi toda fotografía: acabar perdiendo todo valor anecdótico o sentimental para terminar ocupando un sitio leve en la superpoblada historia de la fotografía. El único problema es que la historia que redime a la foto que acabo de mencionar no puede ser contada, porque contarla equivaldría a condenarme. No seré yo quien firme mi propia sentencia de muerte. Prefiero esta plácida cadena perpetua que me obliga a subir a un escenario, aclarar mi garganta una vez más, oír mi propia voz como si fuera la de otro diciendo una y otra vez, hasta el fin de los tiempos, "Benjamín Federov ha muerto".

En la primera fila del teatro, de la casa de cultura, de la biblioteca, de la escuela, de todas partes, la viuda de Federov me mira fijo y sonríe una de esas sonrisas capaces de albergar tantos significados. A veces siento que me odia, que lo sabe todo y que todo esto le divierte. Otras que me ama con un amor vertiginoso, podrido e imposible.

Da igual.
Todo esto transcurre en cualquier época y en cualquier lugar.
Lejos.
Sin título.

Yo no soy el que cuenta todo esto pero, por unas pocas páginas, me convierto en su voz y en su vida. Yo me refugio, una vez más, en el recurso metaficcional de estar escribiendo (o intentando escribir) un cuento titulado "Sin título". Yo vuelvo a adoptar este tono y esta forma que, la verdad, empiezan a cansarme un poco y qué más querría que dejarlo atrás de una buena vez por todas.

"Sin título" es —creo, espero, ruego— el último round de esta lucha, la última carga de una brigada demasiado pesada. Lo escribo lejos de donde se me ocurrió. Se me ocurrió en un taxi, conversando con un amigo escritor, recordando historias de un amigo muerto que no era escritor pero sí era un gran personaje. Lo escribo ahora, casi dos años después, mientras afuera nieva y, aquí adentro...

Si Benjamín Federov hubiera existido y no fuera apenas una especie de polución virósica resultado de una reciente sobreexposición a esos cuentos de Henry James: cuentos de fantasmas sin fantasma, cuentos donde siempre hay un aprendiz de escritor que visita a su maestro admirado con el sólo fin de descubrir el modo de aprender a odiarlo un poco. Si Benjamín Federov hubiera escrito esos cuentos que yo nunca hubiera podido escribir, bueno, estoy seguro que en todos los cuentos de Benjamín Federov habría nieve.

Invento —dictamino ahora— que Benjamín Federov es el escritor de la nieve. El que mejor ha sabido ponerla por escrito. La nieve como maná o, quién sabe, como la caspa sacramental de Dios colándose por esos agujeros que son las estrellas. Por eso, casi por reflejo, pienso, siempre abrimos la boca para que entre la nieve y comulgar con el misterio de la naturaleza, la gravedad y el arte mínimo e irrepetible de copos de nieve que —como las huellas dactilares— son siempre diferentes, siempre nuevos. Afuera, mientras escribo esto, los niños hacen muñecos de nieve. A su imagen y semejanza. Más o menos.

Decido —pido permiso a quien corresponda— que el cuento más famoso de Benjamín Federov se titula "El hijo de la nieve" y cuenta la historia de un pequeño y flamante huérfano. Sus padres han muerto en el extranjero, el barco en el que viajaban naufragó, sus cuerpos nunca fueron recuperados. La primera noche del resto de su vida, el niño se despierta y descubre que está nevando y sale a la noche a construir dos muñecos de nieve lo más parecidos que pueda a sus padres, porque necesita ver cómo se derretirán a la mañana siguiente.

Tal vez por admirar tanto a la nieve, me resisto a explicaciones. No me interesa que me cuenten por qué nieva, desconfío de los hombres del tiempo y de las mujeres del tiempo. Elijo no pensar en que —lo siento, en serio—, para muchos, la nieve es una tragedia, un enemigo. Yo estoy en deuda con la nieve. Prefiero, en cambio y a modo de agradecimiento, escribir nevadas. Creo que fue un duro escritor de serie negra quien dijo que, cuando no sabía qué hacer con un texto, siempre recomendaba "hacer que entre un hombre con un revólver en la mano". Tal vez influido por Benjamín Federov, cuando no se me ocurre nada yo hago que nieve en mis cuentos y novelas. La abundancia de nieve en mi ficción no es más que la prueba fehaciente de que a menudo no sé qué hacer, pero, también, de que sí sé hacer nevar. Entonces todo funciona y descubro el camino. Basta con seguir las huellas en la nieve de todos los que me precedieron. Corro tras ellos para decirles gracias, antes de que sea demasiado tarde, que deje de nevar. Me gusta pensar que, si se presta atención, podemos oír el momento exacto en que alguien aprieta el botón que activa el mecanismo blanco y que hace que los cielos se abran para que la nieve caiga sobre nosotros o, quién sabe, para que nosotros ascendamos hacia ella.

Pero, otra vez, me estoy alejando todavía más de lo que quiero contar y este cuento —si fuera un cuento de Benjamín Federov— estaría narrado de una manera mucho más directa y se podría llamar "El guardián del fantasma" o "La puerta" o "El idiota". Los títulos federovianos son engañosamente amplios y bien iluminados en su amplitud, y hasta pueden intercambiarse entre ellos de un cuento a otro sin que la línea del horizonte pierda su capacidad de ser entendida como lo que es: el principio y el fin donde se posan todas las cosas que fueron y serán.

El cuento es este y su trama tiene el singular atractivo de lo banal, porque nada nos atrae más que la sombra de lo vulgar latiendo detrás de las cortinas de lo elegante. No lo voy a escribir como lo hubiera escrito Benjamín Federov. Estoy un poco apurado, tengo pocas ganas de escribir. Lo empecé hace unos meses, lo termino ahora. Tuvo que nevar para que yo supiera cómo terminar este cuento.

¿Quién puede tener ganas de quedarse adentro escribiendo cuando se puede salir a leer la nieve?

Había una vez un gran escritor. El gran escritor es atropellado en la calle por un joven desconocido. El momento —por casualidad o porque era necesario que así fuera— es capturado en una foto que el gran escritor ve en una revista días más tarde. Le causa gracia y busca y encuentra al joven. Lo invita a su casa, le presenta a su mujer y descubre que el joven tiene pretensiones artísticas, pero nada demasiado serio o preocupante. El gran escritor decide que el joven es el espécimen perfecto que estaba buscando para su experimento. El gran escritor le regala sus libros —que el joven nunca leyó— y lo acompaña hasta la puerta. Perturbado por la proximidad de la gloria, el joven comienza a asistir a las conferencias del gran escritor sin entender muy bien por y para qué. A veces intercambia alguna palabra con el gran escritor o se da importancia delante de una novia con lunares en todos los sitios correctos. Nada que merezca ser recordado. Años más tarde, el día en que el gran escritor muere durante una de sus conferencias, la flamante viuda se acerca al joven y le dice, entre lágrimas, que cuentan con él para pronunciar la elegía durante el entierro, que así siempre lo quiso su esposo. El joven, conmocionado, no entiende, no dice palabra y sólo asiente. Esa misma noche, en su casa, el joven recibe un sobre lacrado enviado por el abogado del gran escritor para ser abierto en privado y después de la muerte de su célebre cliente. Adentro hay una carta del gran escritor explicándolo todo y diciéndole que tiene un favor que pedirle. "¿Quién puede negarle un favor a un muerto?", sonríe el gran escritor en la carta. En el sobre hay dos manuscritos. El primero de ellos es una especie de biografía de una amistad inexistente. Páginas y páginas de situaciones y episodios que nunca tuvieron lugar entre el gran escritor y el joven, conversaciones trascendentes sobre la naturaleza de la literatura y pequeños e inmensos momentos cotidianos. Las últimas tres páginas de este manuscrito son la elegía que el joven deberá pronunciar frente a la tumba del gran escritor. La carta instruye al joven para que se aprenda esas páginas de memoria y las queme lo más pronto posible. El segundo manuscrito es un libro de cuentos. Cuentos inéditos. Cuentos de forma y estilo que nada tienen que ver con los cuentos del gran escritor. Al joven le sorprende, apenas, descubrir que en la portada de ese manuscrito —que puede titularse o no La chica que cayó en la piscina aquella noche— se encuentra su nombre y, en la primera página, una dedicatoria al gran escritor. El joven lee los cuentos, no los entiende, son cuentos raros, pero cree comprender la monstruosa hazaña del gran escritor. ¿Habrá algo más parecido a ser dios para un escritor que el crear a otro escritor a su imagen y semejanza y, no conforme con ello, dotarlo también con el don de la traición? El joven acude al entierro, recita la elegía. Descubre que la viuda del gran escritor lo trata como a una continuación natural de su marido, lo adopta como un hijo que nunca tuvo, le habla una y otra vez del gran escritor y le pide que le cuente qué era lo que hacían en esas largas noches en que salían solos. El joven comprende que la trama del gran escritor también tiene un costado sórdido y acaso muy lejano a todo lo que tiene que ver con el arte. Tal vez otra mujer. O una existencia de pecado inconfesable. Una puerta que no se abre porque nadie sabe que está allí. No importa que él no tenga la llave, él es el único que conoce la existencia de esa puerta y es esta parte velada de la historia (una parte que ni siquiera yo conozco) la que lo impulsa a continuar con la farsa. El sentirse que sabe más que los otros y no un simple instrumento es lo que salva al gran escritor y condena al joven, quien publica el libro de cuentos que nunca escribió con su nombre y adquiere una relativa fama como extraño pez luminoso nadando junto a la sombra del intimidante leviatán. Su figura no tiene título. Su voz no es suya. Tampoco es mía esta voz que ahora mira al distinguido público aquí reunido para honrar otra vez la memoria de un artista inmortal y dice "Benjamín Federov ha muerto" y piensa "yo soy el guardián del fantasma, yo soy la puerta, yo soy el idiota" mientras afuera sigue nevando, no dejará de nevar durante semanas, y me hace muy muy muy muy feliz que así sea.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Argonáuticas: Álbum de Literatura

El acto de leer, todo acto de leer, es siempre un acto autobiográfico. Más modestamente, el acto de mirar las cosas que se leen, recorrer los contornos físicos de los objetos que se leen también lo es, de un modo tan o más íntimo que la propia lectura.

Fue guiado por esa idea que, desde hacía un buen tiempo, me venía preguntando qué pasaría si, en lugar de sostener el discurso canónico de las palabras en un blog, se pudiese mantener una estructura narrativa silenciosa, basada sobre todo en el poder de las imágenes de la literatura: las imágenes que nos dejan los libros en sus carátulas, en sus promociones. Las imágenes de sus autores. Las imágenes de los videos sobre esos autores y esos libros. Las propias imágenes privadas que uno registra a medida que compra libros, lee, subraya, los abandona o los recupera desde el campo iluminado de la mesa de noche.

El intento por respoder a esa pregunta está justo aquí en Argonáuticas: Álbum de Literatura.

Se trata de un experimento en el que cada post recurre a la máxima economía verbal, sin abandonar el terreno amplio y dilatado de lo literario.

Si se pincha en cada imagen, se encontrará otra referencia en la red respecto al tema de ese post.

lunes, 2 de febrero de 2009

Bio


Rodrigo Coll:

Personaje de ficción. Teórico literario. Ha sido extra en uno que otro texto de literatura, escondido entre esas moscas de azogue que son las palabras del idioma. Algunas de sus apariciones han ocurrido en el hotel Enchanted Hunter, del Lolita de Nabokov. También en cierto remake histórico del Madame Bovary de Gustav Flaubert, así como en una versión satírica del Moby Dick de Melville (la versión acabó mal y nunca fue dada a la imprenta por motivos confusos). Ha recorrido los 9 Cuentos de J.D. Salinger, Los amores difíciles de Ítalo Calvino así como alguno que otro pasaje de Ficciones, de Jorge Luis Borges. Desde Octubre de 2005 ha colaborado con el blog Argonáuticas, haciendo las veces de redactor, editor y colector de información. En 2008, sirvió de seudónimo para el libro "Oficio de Lectores", de P.E. Rodríguez. En la actualidad, forma parte de una historia de próxima publicación repleta de poetas decadentistas, paisajes acuáticos, música afrocaribeña y una que otra canción de Elvis Presley.





Pedro Enrique Rodríguez:

Pedro Enrique Rodríguez es Psicólogo Clínico, profesor de las cátedras de Psicología de la Personalidad, Psicopatología y Asesoramiento Psicológico de la Escuela de Psicología de la UCAB, supervisor del postgrado de Psicología Clínica Comunitaria y psicólogo en la Unidad de Psicología Luis Azagra, s.j, del Parque Social Manuel Aguirre, s.j. Participó en el taller de Narrativa del Celarg del año 2000-2001, a cargo de Ángel Gustavo Infante, del cual fue coautor del libro "Voces Nuevas.2000-2001". También formó parte de la I Semana de la Nueva Narrativa Urbana, de la cual es coautor del libro "De la Urbe para el Orbe" (Alfadil, 2006). Su libro inédito, "Caligrafías Salvajes", recibió Mención Honorífica en la Bienal de Literatura "Augusto Padrón"(Maracay, 2003). En 2007, fue uno de los 15 finalistas (entre más de 5.000 cuentos) del concurso de cuentos de Radio France Internacional. Fue ganador de la edición 2008 del Concurso Trasgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana con su libro "Oficio de Lectores" (FCU, 2009). Ese mismo año también fue ganador de la Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra, premio que inexplicablemente fue suspendido una vez que se conformó la siguiente directiva del Ateneo. El manuscrito que fue presentado a ese triste episodio de estupidez política, será editado a finales de 2009 por la editorial Equinoccio.

El corazón de una historia quebrada

El corazón de una historia quebrada
Jerome David Salinger


Texto vía: Crítica de la Argentina


Todos los días Justin Horgenschlag, auxiliar de imprenta con un sueldo de treinta dólares semanales, veía muy de cerca a aproximadamente sesenta mujeres a las que nunca había visto antes. Así, en los cuatro años que llevaba viviendo en Nueva York, Horgenschlag había visto muy de cerca a unas 75.120 mujeres distintas. De estas 75.120 mujeres, 25.000 tenían menos de treinta años de edad y más de quince. De las 25.000, sólo 5.000 pesaban entre cuarenta y siete y cincuenta y siete kilos. De estas 5.000, sólo 1.000 no eran feas. Sólo 500 eran razonablemente atractivas; sólo 100 eran realmente atractivas; sólo 25 podrían haber inspirado un largo, despacioso silbido. Y de sólo una se enamoró Horgenschlag a primera vista.

Bien, existen dos clases de femme fatale. Existe la femme fatale que es una femme fatale en todos los sentidos de la palabra, y existe la femme fatale que no es una femme fatale en todos los sentidos de la palabra.

Se llamaba Shirley Lester. Tenía veinte años (once menos que Horgenschlag), medía un metro y sesenta y tres centímetros (lo cual le dejaba la cabeza a la altura de los ojos de Horgenschlag), pesaba 53 kilos (ligera como una pluma para llevarla en brazos). Shirley era taquígrafa, vivía con su madre, Agnes Lester, una vieja entusiasta de Nelson Eddy, a la cual mantenía. Con respecto a la belleza de Shirley, la gente a menudo la describía así: “Shirley es tan mona que parece un retrato”.

Y en el autobús de la Tercera Avenida, una mañana temprano, Horgenschlag controló a Shirley Lester, y se sintió un guiñapo. Todo porque la boca de Shirley estaba abierta de un modo curioso. Shirley estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús, y cuando Shirley leía, a Shirley se le aflojaba ligeramente la mandíbula. Y en ese breve instante en el que la boca de Shirley estuvo abierta y los labios estuvieron separados, Shirley fue probablemente la más fatal de todo Manhattan. Horgenschlag vio en ella un seguro “curalotodo” contra el gigantesco monstruo de soledad que le había estado rondando el corazón desde que había llegado a Nueva York. ¡Oh, aquella agonía! La agonía de estar controlando a Shirley Lester y no poder inclinarse y besar los labios separados de Shirley. ¡Aquella inefable agonía!

Ése era el comienzo del cuento que empecé a escribir para Collier’s. Iba a escribir una tierna y encantadora historia del tipo chico-conoce-chica. Qué podría ser mejor, pensé. El mundo necesita historias del tipo chico-conoce-chica. Pero para escribir una, por desgracia, el escritor debe ponerse a la tarea de hacer que el chico conozca a la chica. Yo no pude lograrlo con ésta. Ni lograr que tuviera sentido. No pude juntar a Horgenschlag y a Shirley como es debido y he aquí las razones:

Desde luego, era imposible que Horgenschlag se inclinara y dijera con toda sinceridad:

–Disculpe. La amo mucho. Estoy chiflado por usted. Lo sé. Podría amarla toda la vida. Soy auxiliar de imprenta y gano treinta dólares semanales. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?

Este Horgenschlag puede ser un tonto, pero no tamaño tonto. Puede haber nacido ayer, pero no hoy. Uno no puede esperar que los lectores de Collier’s se traguen esa clase de majadería. Después de todo, cinco centavos son cinco centavos.

Por supuesto, no podía darle de pronto a Horgenschlag un suero de la suavidad, mezcla de la vieja pitillera de William Powell y el viejo sombrero de copa de Fred Astaire.

–Por favor, no me interprete mal, señorita. Soy ilustrador de revistas. Mi tarjeta. Me gustaría dibujarla más de lo que nunca he querido dibujar a nadie en mi vida. Tal vez semejante empresa sería para nuestro mutuo provecho. ¿Me permite que la telefonee esta tarde o en un futuro muy cercano? (Breve risa desenfadada.) Espero no sonar demasiado desesperado. (Otra risa.) En realidad supongo que lo estoy.

Caray, muchacho. Esas líneas soltadas con una sonrisa cansada y sin embargo jovial y sin embargo despreocupada. Ojalá Horgenschlag las hubiera soltado. Shirley, por supuesto, era también una vieja entusiasta de Nelson Eddy y miembro activo de la Biblioteca Circulante Keystone.

Tal vez estén ustedes empezando a ver a qué me enfrentaba.

Cierto, Horgenschlag podría haber dicho lo siguiente:

–Perdone, ¿pero no es usted Wilma Pritchard?

A lo que Shirley habría respondido fríamente y buscando un punto neutro al otro extremo del autobús:

–No.

–Tiene gracia –podría haber proseguido Horgenschlag–, estaba dispuesto a jurar que era usted Wilma Pritchard. Ah. ¿No será usted por casualidad de Seattle?

–No.

Aquel no era de un sitio con más hielo.

–Seattle es mi ciudad natal.

Punto neutro.

–Gran pequeña ciudad, Seattle. Quiero decir que realmente es una gran pequeña ciudad. Yo sólo llevo aquí (quiero decir en Nueva York) cuatro años. Soy auxiliar de imprenta. Me llamo Justin Horgenschlag.

–Realmente no me interesa.

Oh, Horgenschlag no habría llegado a ninguna parte en esa línea. No tenía el físico, la personalidad ni la ropa buena para ganarse el interés de Shirley en esas circunstancias. No tenía ninguna posibilidad. Y, como dije antes, para escribir una historia realmente buena del tipo chico-conoce-chica es aconsejable hacer que el chico conozca a la chica.

Quizá Horgenschlag podría haberse desmayado y al hacerlo haberse agarrado a algo en busca de apoyo: siendo el apoyo el tobillo de Shirley. De ese modo podía haberle rasgado la media o conseguido adornársela con una estupenda y larga carrera. La gente se habría hecho a un lado para dejarle sitio al fulminado Horgenschlag y él se habría puesto en pie, mascullando:

–Ya estoy bien, gracias. –Y luego–¡Oh, vaya! Lo siento muchísimo, señorita. Le he rasgado la media. Tiene que dejarme que se la pague. Ahora mismo no llevo bastante en efectivo, pero deme su dirección.

Shirley no le habría dado su dirección. Se habría limitado a ponerse violenta y estar torpe de palabra.

–No importa, déjelo –habría dicho, deseando que Horgenschlag no hubiera nacido. Y, además, la idea entera carece de lógica. A Horgenschlag, un muchacho de Seattle, no se le habría ocurrido agarrarse del tobillo de Shirley. No en el autobús de la Tercera Avenida.

Pero lo que sí es más lógico es la posibilidad de que Horgenschlag se hubiera desesperado. Todavía quedan unos cuantos hombres que aman desesperadamente. Quizá Horgenschlag era uno. Podría haberle arrebatado el bolso a Shirley y haber corrido con él hacia la puerta trasera de salida. Shirley habría gritado. Los hombres la habrían oído y se habrían acordado del Álamo o algo por el estilo. La huida de Horgenschlag, digamos, es ahora detenida. El autobús es parado. El agente Wilson, que no ha hecho una buena detención en mucho tiempo, entra en escena. ¿Qué está pasando aquí? Guardia, este hombre ha intentado robarme el bolso.

Horgenschlag es arrastrado ante el tribunal. Shirley, por supuesto, debe asistir a la vista. Ambos dan sus direcciones; con ello Horgenschlag queda informado del lugar de la divina morada de Shirley.

El juez Perkins, que en su propia casa ni siquiera puede conseguir una buena, realmente buena taza de café, condena a Horgenschlag a un año de prisión. Shirley se muerde el labio, pero a Horgenschlag se lo llevan.

En la cárcel, Horgenschlag escribe la siguiente carta a Shirley Lester:

Querida Miss Lester:

No tenía verdadera intención de robarle el bolso. Se lo tomé sólo porque la amo. Ya ve, solamente quería conocerla. Por favor, ¿me escribirá usted una carta alguna vez cuando tenga tiempo? Aquí se está bastante solitario y yo la amo mucho y quizá hasta vendría usted a verme alguna vez si tiene tiempo.

Su amigo, JUSTIN HORGENSCHLAG

Shirley enseña la carta a todas sus amigas. Éstas dicen: “Ah, es una monada de carta, Shirley”. Shirley reconoce que en cierto sentido sí es mona. Quizá la conteste. “¡Sí! Contéstala. Dale una oportunidad. ¿Qué tienes que perder?”. Así que Shirley contesta la carta de Horgenschlag.

Querido Mr. Horgenschlag:

Recibí su carta y realmente siento mucho lo que ha ocurrido. Por desgracia, poco podemos hacer al respecto a estas alturas, pero me siento abominable tal como se han desarrollado los acontecimientos. Sin embargo, su condena es corta y pronto estará fuera. Le deseo la mayor suerte.

Lo saluda atentamente, SHIRLEY LESTER

Querida Miss Lester:

Nunca sabrá lo mucho que me animó recibir su carta. No debería sentirse abominable en absoluto. Fue todo culpa mía por ser tan loco, así que no se sienta de ese modo en absoluto. Aquí nos ponen películas una vez a la semana y en realidad no está tan mal. Tengo treinta y un años de edad y soy de Seattle. Llevo cuatro años en Nueva York y creo que es una gran ciudad, sólo que de vez en cuando se siente uno bastante solo. Usted es la chica más guapa que he visto nunca, incluso en Seattle. Me gustaría que me viniera a ver algún sábado por la tarde durante las horas de visita, de 2 a 4, y yo le pagaré el billete de tren.

Su amigo, JUSTIN HORGENSCHLAG

Shirley habría enseñado también esta carta a todas sus amigas. Pero ésta no la contestaría. Cualquiera podía ver que este Horgenschlag era un tonto. Y, después de todo, ella había contestado la primera carta. Si contestaba esta carta idiota la cosa podría eternizarse durante meses y todo eso. Había hecho por el hombre cuanto había podido. Y vaya nombre. Horgenschlag.

Mientras tanto, Horgenschlag la está pasando fatal en la cárcel, aun cuando les pasan películas una vez a la semana. Sus compañeros de celda son Snipe Morgan y Slicer Burke, dos chicos de los bajos fondos que ven en la cara de Horgenschlag cierto parecido con un tipo de Chicago que una vez se enojó con ellos. Están convencidos de que Cararrata Ferrero y Justin Horgenschlag son una y la misma persona.

–Pero yo no soy Cararrata Ferrero –les dice Horgenschlag.

–No me vengas con eso –dice Slicer, tirando al suelo las escasas raciones de comida de Horgenschlag.

–Zúmbale en la cabeza –dice Snipe.

–Les digo que sólo estoy aquí por haberle robado el bolso a una chica en el autobús de la Tercera Avenida –alega Horgenschlag–, sólo que en realidad no se lo robé. Me enamoré de ella y ésa era la única manera de poder conocerla.

–No me vengas con eso –dice Slicer.

–Zúmbale en la cabeza –dice Snipe.

Llega entonces el día cuando diecisiete presos intentan llevar a cabo una fuga. Durante el período de juegos en el patio de recreo, Slicer Burke con artimañas hace caer a la sobrina del alcalde, Lisbeth Sue, de ocho años, en sus garras. Rodea el talle de la niña con sus manos de veinte por treinta centímetros y la sostiene en alto para que la vea el alcalde.

–¡Eh, alcalde! –grita Slicer– iAbra esas puertas o hay telón para la cría!

–¡Tío Bert, no tengo miedo! –grita Lisbeth Sue.

–iSuelta a esa niña, Slicer! –ordena el alcalde con toda la impotencia de su orden.

Pero Slicer sabe que tiene al alcalde justo allí donde lo quiere. Diecisiete hombres y una niña pequeña y rubia salen por las puertas. Dieciséis hombres y una niña pequeña y rubia salen sanos y salvos. Un guardia de la torre alta cree ver una maravillosa oportunidad para pegarle un tiro en la cabeza a Slicer y con ello destruir la unidad del grupo fugitivo. Pero falla y sólo logra pegarle un tiro al hombrecillo que camina nerviosamente detrás de Slicer, matándolo en el acto.

¿Adivinan de quién se trata?

Y así, mi proyecto de escribir para Collier’s un cuento del tipo chico-conoce-chica, una tierna, memorable historia de amor, se va al traste por la muerte de mi héroe.

Ahora bien, Horgenschlag no habría estado nunca entre esos diecisiete hombres desesperados si la falta de respuesta de Shirley a su segunda carta no lo hubiera desesperado y llenado de pánico. Pero el hecho es que ella no contestó su segunda carta. Nunca la habría contestado ni en cien años que hubieran pasado. Yo no puedo alterar los hechos.

Y qué pena. Qué lástima que Horgenschlag, en la cárcel, no fuera capaz de escribirle a Shirley Lester la siguiente carta:

Querida Miss Lester:

Espero que unas pocas líneas no la enojen ni molesten. Le escribo, Miss Lester, porque me gustaría que supiera que no soy un vulgar ladrón. Quiero que sepa que le robé el bolso porque me enamoré de usted en cuanto la vi en el autobús. No se me ocurría ninguna manera de llegar a conocerla salvo obrar precipitadamente, alocadamente, para ser exacto. Pero, claro, uno es un loco cuando está enamorado.

Me enamoró el modo en que sus labios estaban tan ligeramente separados. Usted representaba para mí la respuesta a todo. Desde que llegué a Nueva York, hace cuatro años, no he sido infeliz, pero tampoco he sido feliz. Más bien, la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir.

Vine a Nueva York desde Seattle. Iba a hacerme rico y famoso y a ir bien vestido y a tener suaves maneras. Pero en cuatro años he sabido que no voy a hacerme rico ni famoso ni a ir bien vestido ni a tener suaves maneras. Soy un buen auxiliar de imprenta, pero no soy más que eso. Un día el impresor se puso enfermo y yo tuve que ocupar su puesto. Vaya lío que organicé, Miss Lester. Nadie acataba mis órdenes. A los armadores poco menos que se les escapaba la risa cuando les decía que se pusieran a trabajar. Y no los culpo. Soy un idiota dando órdenes. Supongo que simplemente soy uno de los muchos millones que no nacieron para dar nunca órdenes. Pero ya no me importa. Hay un chico de veintitrés años que acaba de contratar mi jefe. No tiene más que veintitrés años, y yo tengo treinta y uno y llevo cuatro trabajando en el mismo sitio. Pero sé que un día él llegará a ser impresor jefe y yo seré su auxiliar. Pero ya no me importa saber esto.

Lo importante es amarla, Miss Lester. Hay alguna gente que cree que el amor es sexo y matrimonio y besos a las seis y niños, y tal vez sea así, Miss Lester. Pero, ¿sabe lo que creo yo? Creo que el amor es un chispazo y sin embargo no es un chispazo.

Supongo que para una mujer es importante que los demás piensen en ella como en la mujer de un hombre que es rico, apuesto, ingenioso o que cae bien. Yo ni siquiera caigo bien. Ni siquiera soy odiado. Sólo soy... sólo soy... Justin Horgenschlag. Yo nunca pongo a la gente alegre, triste, la enfado o ni siquiera le repugno. Creo que la gente me considera un buen tipo, pero eso es todo.

Cuando era niño nadie me señalaba por ser mono ni listo ni guapo. Si tenían que decir algo decían que tenía unas piernitas muy robustas.

No espero una contestación a esta carta, Miss Lester. Nada en el mundo me gustaría más que una contestación, pero en verdad no la espero. Simplemente quería que supiera usted la verdad. Si mi amor por usted me ha llevado a un nuevo y gran pesar, yo soy el único culpable.

Tal vez un día comprenda y perdone a su torpe admirador,
JUSTIN HORGENSCHLAG


Tal carta no sería más improbable que la siguiente:

Querido Mr. Horgenschlag:

Recibí su carta, que me encantó. Me siento culpable y lamento muchísimo que los acontecimientos se hayan desarrollado como lo han hecho. ¡Ojalá me hubiera usted hablado en vez de tomarme el bolso! Pero, claro, supongo que entonces yo le habría respondido con la típica frialdad.

Es la hora del almuerzo y estoy aquí sola en la oficina escribiéndole. Sentí que hoy quería estar sola a la hora del almuerzo. Sentí que si tenía que ir a almorzar con las chicas en el autoservicio y se pasaban la comida charloteando como de costumbre, me iba a poner a gritar de pronto.

No me importa que no sea usted un triunfador, ni que no sea apuesto, ni rico, ni famoso, ni que no tenga maneras suaves. Hubo un tiempo en que sí me habría importado. Los últimos años de colegio estaba siempre enamorada del don fascinante de turno. Donald Nicolson, el chico que caminaba bajo la lluvia y se sabía del revés todos los sonetos de Shakespeare. Bob Lacey, el lindo que era capaz de hacer un tanto desde la mitad de la pista, con el marcador en empate y el tiempo casi acabado. Harry Miller, que era tan tímido y tenía aquellos ojos tan bonitos color castaño perenne.

Pero esa parte loca de mi vida ha acabado.

La gente de su oficina a la que se le escapa la risa cuando usted les daba órdenes está ya en mi lista negra. Los odio como nunca he odiado a nadie.

Usted me vio cuando iba toda maquillada. Sin el maquillaje, créame, no soy ninguna belleza arrebatadora. Por favor, dígame cuándo le está permitido tener visitas. Quisiera que me mirara una segunda vez. Quisiera estar segura de que no me tomó en mi mejor falso momento.

¡Oh, ojalá le hubiera usted dicho al juez por qué me robó el bolso! Podríamos estar juntos y hablar de tantísimas cosas como me parece que tenemos en común!

Por favor, hágame saber cuándo puedo ir a verlo.

Lo saluda atentamente, SHIRLEY LESTER

Pero Justin Horgenschlag nunca llegó a conocer a Shirley Lester. Ella se bajó en la calle 56 y él se bajó en la calle 32. Aquella noche, Shirley Lester fue al cine con Howard Lawrence, de quien estaba enamorada. Howard pensaba que Shirley era estupenda para salir por ahí con ella, pero la cosa no pasaba de ahí. Y Justin Horgenschlag aquella noche se quedó en casa y escuchó la emisión dramática del jabón de baño Lux. Pensó en Shirley toda la noche, todo el día siguiente y muy a menudo durante aquel mes. Luego, de repente, le presentaron a Doris Hillman, que estaba empezando a temer que no iba a encontrar marido. Y entonces, antes de que Justin Horgenschlag se diera cuenta, Doris Hillman y otras cosas estaban archivando a Shirley Lester en el fondo de su memoria. Y Shirley Lester, la idea de ella, dejó de ser asequible.

Y ésa es la razón por la que nunca escribí para Collier’s un cuento del tipo chico-conoce-chica. En una historia del tipo chico-conoce-chica el chico debería conocer siempre a la chica.

Índice

Cheever, John.
Una visión del mundo


Foster Wallace, David
Federer as Religious Experience


Moore, Lorrie
How to Become a Writer Or, Have You Earned This Cliche?
Willing


Nabokov, Vladimir
Wingstroke

Salinger, Jerome David
El corazón de una historia quebrada


Updike, John
A Jeweler's Eye: John Updike commenting the Stories of V. Nabokov

lunes, 29 de septiembre de 2008

Federer as Religious Experience

Federer as Religious Experience

By DAVID FOSTER WALLACE
Published: August 20, 2006


Vía: The New York Times

Correction Appended


Almost anyone who loves tennis and follows the men’s tour on television has, over the last few years, had what might be termed Federer Moments. These are times, as you watch the young Swiss play, when the jaw drops and eyes protrude and sounds are made that bring spouses in from other rooms to see if you’re O.K.

The Moments are more intense if you’ve played enough tennis to understand the impossibility of what you just saw him do. We’ve all got our examples. Here is one. It’s the finals of the 2005 U.S. Open, Federer serving to Andre Agassi early in the fourth set. There’s a medium-long exchange of groundstrokes, one with the distinctive butterfly shape of today’s power-baseline game, Federer and Agassi yanking each other from side to side, each trying to set up the baseline winner...until suddenly Agassi hits a hard heavy cross-court backhand that pulls Federer way out wide to his ad (=left) side, and Federer gets to it but slices the stretch backhand short, a couple feet past the service line, which of course is the sort of thing Agassi dines out on, and as Federer’s scrambling to reverse and get back to center, Agassi’s moving in to take the short ball on the rise, and he smacks it hard right back into the same ad corner, trying to wrong-foot Federer, which in fact he does — Federer’s still near the corner but running toward the centerline, and the ball’s heading to a point behind him now, where he just was, and there’s no time to turn his body around, and Agassi’s following the shot in to the net at an angle from the backhand side...and what Federer now does is somehow instantly reverse thrust and sort of skip backward three or four steps, impossibly fast, to hit a forehand out of his backhand corner, all his weight moving backward, and the forehand is a topspin screamer down the line past Agassi at net, who lunges for it but the ball’s past him, and it flies straight down the sideline and lands exactly in the deuce corner of Agassi’s side, a winner — Federer’s still dancing backward as it lands. And there’s that familiar little second of shocked silence from the New York crowd before it erupts, and John McEnroe with his color man’s headset on TV says (mostly to himself, it sounds like), “How do you hit a winner from that position?” And he’s right: given Agassi’s position and world-class quickness, Federer had to send that ball down a two-inch pipe of space in order to pass him, which he did, moving backwards, with no setup time and none of his weight behind the shot. It was impossible. It was like something out of “The Matrix.” I don’t know what-all sounds were involved, but my spouse says she hurried in and there was popcorn all over the couch and I was down on one knee and my eyeballs looked like novelty-shop eyeballs.

Anyway, that’s one example of a Federer Moment, and that was merely on TV — and the truth is that TV tennis is to live tennis pretty much as video porn is to the felt reality of human love.

Journalistically speaking, there is no hot news to offer you about Roger Federer. He is, at 25, the best tennis player currently alive. Maybe the best ever. Bios and profiles abound. “60 Minutes” did a feature on him just last year. Anything you want to know about Mr. Roger N.M.I. Federer — his background, his home town of Basel, Switzerland, his parents’ sane and unexploitative support of his talent, his junior tennis career, his early problems with fragility and temper, his beloved junior coach, how that coach’s accidental death in 2002 both shattered and annealed Federer and helped make him what he now is, Federer’s 39 career singles titles, his eight Grand Slams, his unusually steady and mature commitment to the girlfriend who travels with him (which on the men’s tour is rare) and handles his affairs (which on the men’s tour is unheard of), his old-school stoicism and mental toughness and good sportsmanship and evident overall decency and thoughtfulness and charitable largess — it’s all just a Google search away. Knock yourself out.

This present article is more about a spectator’s experience of Federer, and its context. The specific thesis here is that if you’ve never seen the young man play live, and then do, in person, on the sacred grass of Wimbledon, through the literally withering heat and then wind and rain of the ’06 fortnight, then you are apt to have what one of the tournament’s press bus drivers describes as a “bloody near-religious experience.” It may be tempting, at first, to hear a phrase like this as just one more of the overheated tropes that people resort to to describe the feeling of Federer Moments. But the driver’s phrase turns out to be true — literally, for an instant ecstatically — though it takes some time and serious watching to see this truth emerge.

Beauty is not the goal of competitive sports, but high-level sports are a prime venue for the expression of human beauty. The relation is roughly that of courage to war.

The human beauty we’re talking about here is beauty of a particular type; it might be called kinetic beauty. Its power and appeal are universal. It has nothing to do with sex or cultural norms. What it seems to have to do with, really, is human beings’ reconciliation with the fact of having a body.(1)

Of course, in men’s sports no one ever talks about beauty or grace or the body. Men may profess their “love” of sports, but that love must always be cast and enacted in the symbology of war: elimination vs. advance, hierarchy of rank and standing, obsessive statistics, technical analysis, tribal and/or nationalist fervor, uniforms, mass noise, banners, chest-thumping, face-painting, etc. For reasons that are not well understood, war’s codes are safer for most of us than love’s. You too may find them so, in which case Spain’s mesomorphic and totally martial Rafael Nadal is the man’s man for you — he of the unsleeved biceps and Kabuki self-exhortations. Plus Nadal is also Federer’s nemesis and the big surprise of this year’s Wimbledon, since he’s a clay-court specialist and no one expected him to make it past the first few rounds here. Whereas Federer, through the semifinals, has provided no surprise or competitive drama at all. He’s outplayed each opponent so completely that the TV and print press are worried his matches are dull and can’t compete effectively with the nationalist fervor of the World Cup.(2)

July 9’s men’s final, though, is everyone’s dream. Nadal vs. Federer is a replay of last month’s French Open final, which Nadal won. Federer has so far lost only four matches all year, but they’ve all been to Nadal. Still, most of these matches have been on slow clay, Nadal’s best surface. Grass is Federer’s best. On the other hand, the first week’s heat has baked out some of the Wimbledon courts’ slickness and made them slower. There’s also the fact that Nadal has adjusted his clay-based game to grass — moving in closer to the baseline on his groundstrokes, amping up his serve, overcoming his allergy to the net. He just about disemboweled Agassi in the third round. The networks are in ecstasies. Before the match, on Centre Court, behind the glass slits above the south backstop, as the linesmen are coming out on court in their new Ralph Lauren uniforms that look so much like children’s navalwear, the broadcast commentators can be seen practically bouncing up and down in their chairs. This Wimbledon final’s got the revenge narrative, the king-versus-regicide dynamic, the stark character contrasts. It’s the passionate machismo of southern Europe versus the intricate clinical artistry of the north. Apollo and Dionysus. Scalpel and cleaver. Righty and southpaw. Nos. 1 and 2 in the world. Nadal, the man who’s taken the modern power-baseline game just as far as it goes, versus a man who’s transfigured that modern game, whose precision and variety are as big a deal as his pace and foot-speed, but who may be peculiarly vulnerable to, or psyched out by, that first man. A British sportswriter, exulting with his mates in the press section, says, twice, “It’s going to be a war.”

Plus it’s in the cathedral of Centre Court. And the men’s final is always on the fortnight’s second Sunday, the symbolism of which Wimbledon emphasizes by always omitting play on the first Sunday. And the spattery gale that has knocked over parking signs and everted umbrellas all morning suddenly quits an hour before match time, the sun emerging just as Centre Court’s tarp is rolled back and the net posts driven home.

Federer and Nadal come out to applause, make their ritual bows to the nobles’ box. The Swiss is in the buttermilk-colored sport coat that Nike’s gotten him to wear for Wimbledon this year. On Federer, and perhaps on him alone, it doesn’t look absurd with shorts and sneakers. The Spaniard eschews all warm-up clothing, so you have to look at his muscles right away. He and the Swiss are both in all-Nike, up to the very same kind of tied white Nike hankie with the swoosh positioned above the third eye. Nadal tucks his hair under his hankie, but Federer doesn’t, and smoothing and fussing with the bits of hair that fall over the hankie is the main Federer tic TV viewers get to see; likewise Nadal’s obsessive retreat to the ballboy’s towel between points. There happen to be other tics and habits, though, tiny perks of live viewing. There’s the great care Roger Federer takes to hang the sport coat over his spare courtside chair’s back, just so, to keep it from wrinkling — he’s done this before each match here, and something about it seems childlike and weirdly sweet. Or the way he inevitably changes out his racket sometime in the second set, the new one always in the same clear plastic bag closed with blue tape, which he takes off carefully and always hands to a ballboy to dispose of. There’s Nadal’s habit of constantly picking his long shorts out of his bottom as he bounces the ball before serving, his way of always cutting his eyes warily from side to side as he walks the baseline, like a convict expecting to be shanked. And something odd on the Swiss’s serve, if you look very closely. Holding ball and racket out in front, just before starting the motion, Federer always places the ball precisely in the V-shaped gap of the racket’s throat, just below the head, just for an instant. If the fit isn’t perfect, he adjusts the ball until it is. It happens very fast, but also every time, on both first serves and second.

Nadal and Federer now warm each other up for precisely five minutes; the umpire keeps time. There’s a very definite order and etiquette to these pro warm-ups, which is something that television has decided you’re not interested in seeing. Centre Court holds 13,000 and change. Another several thousand have done what people here do willingly every year, which is to pay a stiff general admission at the gate and then gather, with hampers and mosquito spray, to watch the match on an enormous TV screen outside Court 1. Your guess here is probably as good as anyone’s.

Right before play, up at the net, there’s a ceremonial coin-toss to see who’ll serve first. It’s another Wimbledon ritual. The honorary coin-tosser this year is William Caines, assisted by the umpire and tournament referee. William Caines is a 7-year-old from Kent who contracted liver cancer at age 2 and somehow survived after surgery and horrific chemo. He’s here representing Cancer Research UK. He’s blond and pink-cheeked and comes up to about Federer’s waist. The crowd roars its approval of the re-enacted toss. Federer smiles distantly the whole time. Nadal, just across the net, keeps dancing in place like a boxer, swinging his arms from side to side. I’m not sure whether the U.S. networks show the coin-toss or not, whether this ceremony’s part of their contractual obligation or whether they get to cut to commercial. As William’s ushered off, there’s more cheering, but it’s scattered and disorganized; most of the crowd can’t quite tell what to do. It’s like once the ritual’s over, the reality of why this child was part of it sinks in. There’s a feeling of something important, something both uncomfortable and not, about a child with cancer tossing this dream-final’s coin. The feeling, what-all it might mean, has a tip-of-the-tongue-type quality that remains elusive for at least the first two sets.(3)

A top athlete’s beauty is next to impossible to describe directly. Or to evoke. Federer’s forehand is a great liquid whip, his backhand a one-hander that he can drive flat, load with topspin, or slice — the slice with such snap that the ball turns shapes in the air and skids on the grass to maybe ankle height. His serve has world-class pace and a degree of placement and variety no one else comes close to; the service motion is lithe and uneccentric, distinctive (on TV) only in a certain eel-like all-body snap at the moment of impact. His anticipation and court sense are otherworldly, and his footwork is the best in the game — as a child, he was also a soccer prodigy. All this is true, and yet none of it really explains anything or evokes the experience of watching this man play. Of witnessing, firsthand, the beauty and genius of his game. You more have to come at the aesthetic stuff obliquely, to talk around it, or — as Aquinas did with his own ineffable subject — to try to define it in terms of what it is not.

One thing it is not is televisable. At least not entirely. TV tennis has its advantages, but these advantages have disadvantages, and chief among them is a certain illusion of intimacy. Television’s slow-mo replays, its close-ups and graphics, all so privilege viewers that we’re not even aware of how much is lost in broadcast. And a large part of what’s lost is the sheer physicality of top tennis, a sense of the speeds at which the ball is moving and the players are reacting. This loss is simple to explain. TV’s priority, during a point, is coverage of the whole court, a comprehensive view, so that viewers can see both players and the overall geometry of the exchange. Television therefore chooses a specular vantage that is overhead and behind one baseline. You, the viewer, are above and looking down from behind the court. This perspective, as any art student will tell you, “foreshortens” the court. Real tennis, after all, is three-dimensional, but a TV screen’s image is only 2-D. The dimension that’s lost (or rather distorted) on the screen is the real court’s length, the 78 feet between baselines; and the speed with which the ball traverses this length is a shot’s pace, which on TV is obscured, and in person is fearsome to behold. That may sound abstract or overblown, in which case by all means go in person to some professional tournament — especially to the outer courts in early rounds, where you can sit 20 feet from the sideline — and sample the difference for yourself. If you’ve watched tennis only on television, you simply have no idea how hard these pros are hitting the ball, how fast the ball is moving,(4) how little time the players have to get to it, and how quickly they’re able to move and rotate and strike and recover. And none are faster, or more deceptively effortless about it, than Roger Federer.

Interestingly, what is less obscured in TV coverage is Federer’s intelligence, since this intelligence often manifests as angle. Federer is able to see, or create, gaps and angles for winners that no one else can envision, and television’s perspective is perfect for viewing and reviewing these Federer Moments. What’s harder to appreciate on TV is that these spectacular-looking angles and winners are not coming from nowhere — they’re often set up several shots ahead, and depend as much on Federer’s manipulation of opponents’ positions as they do on the pace or placement of the coup de grâce. And understanding how and why Federer is able to move other world-class athletes around this way requires, in turn, a better technical understanding of the modern power-baseline game than TV — again — is set up to provide.

Wimbledon is strange. Verily it is the game’s Mecca, the cathedral of tennis; but it would be easier to sustain the appropriate level of on-site veneration if the tournament weren’t so intent on reminding you over and over that it’s the cathedral of tennis. There’s a peculiar mix of stodgy self-satisfaction and relentless self-promotion and -branding. It’s a bit like the sort of authority figure whose office wall has every last plaque, diploma, and award he’s ever gotten, and every time you come into the office you’re forced to look at the wall and say something to indicate that you’re impressed. Wimbledon’s own walls, along nearly every significant corridor and passage, are lined with posters and signs featuring shots of past champions, lists of Wimbledon facts and trivia, historic lore, and so on. Some of this stuff is interesting; some is just odd. The Wimbledon Lawn Tennis Museum, for instance, has a collection of all the various kinds of rackets used here through the decades, and one of the many signs along the Level 2 passage of the Millennium Building(5) promotes this exhibition with both photos and didactic text, a kind of History of the Racket. Here, sic, is the climactic end of this text:


Today’s lightweight frames made of space-age materials like graphite, boron, titanium and ceramics, with larger heads — mid-size (90-95 square inches) and over-size (110 square inches) — have totally transformed the character of the game. Nowadays it is the powerful hitters who dominate with heavy topspin. Serve-and-volley players and those who rely on subtlety and touch have virtually disappeared.


It seems odd, to say the least, that such a diagnosis continues to hang here so prominently in the fourth year of Federer’s reign over Wimbledon, since the Swiss has brought to men’s tennis degrees of touch and subtlety unseen since (at least) the days of McEnroe’s prime. But the sign’s really just a testament to the power of dogma. For almost two decades, the party line’s been that certain advances in racket technology, conditioning, and weight training have transformed pro tennis from a game of quickness and finesse into one of athleticism and brute power. And as an etiology of today’s power-baseline game, this party line is broadly accurate. Today’s pros truly are measurably bigger, stronger, and better conditioned,(6) and high-tech composite rackets really have increased their capacities for pace and spin. How, then, someone of Federer’s consummate finesse has come to dominate the men’s tour is a source of wide and dogmatic confusion.

There are three kinds of valid explanation for Federer’s ascendancy. One kind involves mystery and metaphysics and is, I think, closest to the real truth. The others are more technical and make for better journalism.

The metaphysical explanation is that Roger Federer is one of those rare, preternatural athletes who appear to be exempt, at least in part, from certain physical laws. Good analogues here include Michael Jordan,(7) who could not only jump inhumanly high but actually hang there a beat or two longer than gravity allows, and Muhammad Ali, who really could “float” across the canvas and land two or three jabs in the clock-time required for one. There are probably a half-dozen other examples since 1960. And Federer is of this type — a type that one could call genius, or mutant, or avatar. He is never hurried or off-balance. The approaching ball hangs, for him, a split-second longer than it ought to. His movements are lithe rather than athletic. Like Ali, Jordan, Maradona, and Gretzky, he seems both less and more substantial than the men he faces. Particularly in the all-white that Wimbledon enjoys getting away with still requiring, he looks like what he may well (I think) be: a creature whose body is both flesh and, somehow, light.

This thing about the ball cooperatively hanging there, slowing down, as if susceptible to the Swiss’s will — there’s real metaphysical truth here. And in the following anecdote. After a July 7 semifinal in which Federer destroyed Jonas Bjorkman — not just beat him, destroyed him — and just before a requisite post-match news conference in which Bjorkman, who’s friendly with Federer, says he was pleased to “have the best seat in the house” to watch the Swiss “play the nearest to perfection you can play tennis,” Federer and Bjorkman are chatting and joking around, and Bjorkman asks him just how unnaturally big the ball was looking to him out there, and Federer confirms that it was “like a bowling ball or basketball.” He means it just as a bantery, modest way to make Bjorkman feel better, to confirm that he’s surprised by how unusually well he played today; but he’s also revealing something about what tennis is like for him. Imagine that you’re a person with preternaturally good reflexes and coordination and speed, and that you’re playing high-level tennis. Your experience, in play, will not be that you possess phenomenal reflexes and speed; rather, it will seem to you that the tennis ball is quite large and slow-moving, and that you always have plenty of time to hit it. That is, you won’t experience anything like the (empirically real) quickness and skill that the live audience, watching tennis balls move so fast they hiss and blur, will attribute to you.(8)

Velocity’s just one part of it. Now we’re getting technical. Tennis is often called a “game of inches,” but the cliché is mostly referring to where a shot lands. In terms of a player’s hitting an incoming ball, tennis is actually more a game of micrometers: vanishingly tiny changes around the moment of impact will have large effects on how and where the ball travels. The same principle explains why even the smallest imprecision in aiming a rifle will still cause a miss if the target’s far enough away.

By way of illustration, let’s slow things way down. Imagine that you, a tennis player, are standing just behind your deuce corner’s baseline. A ball is served to your forehand — you pivot (or rotate) so that your side is to the ball’s incoming path and start to take your racket back for the forehand return. Keep visualizing up to where you’re about halfway into the stroke’s forward motion; the incoming ball is now just off your front hip, maybe six inches from point of impact. Consider some of the variables involved here. On the vertical plane, angling your racket face just a couple degrees forward or back will create topspin or slice, respectively; keeping it perpendicular will produce a flat, spinless drive. Horizontally, adjusting the racket face ever so slightly to the left or right, and hitting the ball maybe a millisecond early or late, will result in a cross-court versus down-the-line return. Further slight changes in the curves of your groundstroke’s motion and follow-through will help determine how high your return passes over the net, which, together with the speed at which you’re swinging (along with certain characteristics of the spin you impart), will affect how deep or shallow in the opponent’s court your return lands, how high it bounces, etc. These are just the broadest distinctions, of course — like, there’s heavy topspin vs. light topspin, or sharply cross-court vs. only slightly cross-court, etc. There are also the issues of how close you’re allowing the ball to get to your body, what grip you’re using, the extent to which your knees are bent and/or weight’s moving forward, and whether you’re able simultaneously to watch the ball and to see what your opponent’s doing after he serves. These all matter, too. Plus there’s the fact that you’re not putting a static object into motion here but rather reversing the flight and (to a varying extent) spin of a projectile coming toward you — coming, in the case of pro tennis, at speeds that make conscious thought impossible. Mario Ancic’s first serve, for instance, often comes in around 130 m.p.h. Since it’s 78 feet from Ancic’s baseline to yours, that means it takes 0.41 seconds for his serve to reach you.(9) This is less than the time it takes to blink quickly, twice.

The upshot is that pro tennis involves intervals of time too brief for deliberate action. Temporally, we’re more in the operative range of reflexes, purely physical reactions that bypass conscious thought. And yet an effective return of serve depends on a large set of decisions and physical adjustments that are a whole lot more involved and intentional than blinking, jumping when startled, etc.

Successfully returning a hard-served tennis ball requires what’s sometimes called “the kinesthetic sense,” meaning the ability to control the body and its artificial extensions through complex and very quick systems of tasks. English has a whole cloud of terms for various parts of this ability: feel, touch, form, proprioception, coordination, hand-eye coordination, kinesthesia, grace, control, reflexes, and so on. For promising junior players, refining the kinesthetic sense is the main goal of the extreme daily practice regimens we often hear about.(10) The training here is both muscular and neurological. Hitting thousands of strokes, day after day, develops the ability to do by “feel” what cannot be done by regular conscious thought. Repetitive practice like this often looks tedious or even cruel to an outsider, but the outsider can’t feel what’s going on inside the player — tiny adjustments, over and over, and a sense of each change’s effects that gets more and more acute even as it recedes from normal consciousness.(11)

The time and discipline required for serious kinesthetic training are one reason why top pros are usually people who’ve devoted most of their waking lives to tennis, starting (at the very latest) in their early teens. It was, for example, at age 13 that Roger Federer finally gave up soccer, and a recognizable childhood, and entered Switzerland’s national tennis training center in Ecublens. At 16, he dropped out of classroom studies and started serious international competition.

It was only weeks after quitting school that Federer won Junior Wimbledon. Obviously, this is something that not every junior who devotes himself to tennis can do. Just as obviously, then, there is more than time and training involved — there is also sheer talent, and degrees of it. Extraordinary kinesthetic ability must be present (and measurable) in a kid just to make the years of practice and training worthwhile...but from there, over time, the cream starts to rise and separate. So one type of technical explanation for Federer’s dominion is that he’s just a bit more kinesthetically talented than the other male pros. Only a little bit, since everyone in the Top 100 is himself kinesthetically gifted — but then, tennis is a game of inches.

This answer is plausible but incomplete. It would probably not have been incomplete in 1980. In 2006, though, it’s fair to ask why this kind of talent still matters so much. Recall what is true about dogma and Wimbledon’s sign. Kinesthetic virtuoso or no, Roger Federer is now dominating the largest, strongest, fittest, best-trained and -coached field of male pros who’ve ever existed, with everyone using a kind of nuclear racket that’s said to have made the finer calibrations of kinesthetic sense irrelevant, like trying to whistle Mozart during a Metallica concert.

According to reliable sources, honorary coin-tosser William Caines’s backstory is that one day, when he was 2½, his mother found a lump in his tummy, and took him to the doctor, and the lump was diagnosed as a malignant liver tumor. At which point one cannot, of course, imagine...a tiny child undergoing chemo, serious chemo, his mother having to watch, carry him home, nurse him, then bring him back to that place for more chemo. How did she answer her child’s question — the big one, the obvious one? And who could answer hers? What could any priest or pastor say that wouldn’t be grotesque?

It’s 2-1 Nadal in the final’s second set, and he’s serving. Federer won the first set at love but then flagged a bit, as he sometimes does, and is quickly down a break. Now, on Nadal’s ad, there’s a 16-stroke point. Nadal is serving a lot faster than he did in Paris, and this one’s down the center. Federer floats a soft forehand high over the net, which he can get away with because Nadal never comes in behind his serve. The Spaniard now hits a characteristically heavy topspin forehand deep to Federer’s backhand; Federer comes back with an even heavier topspin backhand, almost a clay-court shot. It’s unexpected and backs Nadal up, slightly, and his response is a low hard short ball that lands just past the service line’s T on Federer’s forehand side. Against most other opponents, Federer could simply end the point on a ball like this, but one reason Nadal gives him trouble is that he’s faster than the others, can get to stuff they can’t; and so Federer here just hits a flat, medium-hard cross-court forehand, going not for a winner but for a low, shallowly angled ball that forces Nadal up and out to the deuce side, his backhand. Nadal, on the run, backhands it hard down the line to Federer’s backhand; Federer slices it right back down the same line, slow and floaty with backspin, making Nadal come back to the same spot. Nadal slices the ball right back — three shots now all down the same line — and Federer slices the ball back to the same spot yet again, this one even slower and floatier, and Nadal gets planted and hits a big two-hander back down the same line — it’s like Nadal’s camped out now on his deuce side; he’s no longer moving all the way back to the baseline’s center between shots; Federer’s hypnotized him a little. Federer now hits a very hard, deep topspin backhand, the kind that hisses, to a point just slightly on the ad side of Nadal’s baseline, which Nadal gets to and forehands cross-court; and Federer responds with an even harder, heavier cross-court backhand, baseline-deep and moving so fast that Nadal has to hit the forehand off his back foot and then scramble to get back to center as the shot lands maybe two feet short on Federer’s backhand side again. Federer steps to this ball and now hits a totally different cross-court backhand, this one much shorter and sharper-angled, an angle no one would anticipate, and so heavy and blurred with topspin that it lands shallow and just inside the sideline and takes off hard after the bounce, and Nadal can’t move in to cut it off and can’t get to it laterally along the baseline, because of all the angle and topspin — end of point. It’s a spectacular winner, a Federer Moment; but watching it live, you can see that it’s also a winner that Federer started setting up four or even five shots earlier. Everything after that first down-the-line slice was designed by the Swiss to maneuver Nadal and lull him and then disrupt his rhythm and balance and open up that last, unimaginable angle — an angle that would have been impossible without extreme topspin.

Extreme topspin is the hallmark of today’s power-baseline game. This is something that Wimbledon’s sign gets right.(12) Why topspin is so key, though, is not commonly understood. What’s commonly understood is that high-tech composite rackets impart much more pace to the ball, rather like aluminum baseball bats as opposed to good old lumber. But that dogma is false. The truth is that, at the same tensile strength, carbon-based composites are lighter than wood, and this allows modern rackets to be a couple ounces lighter and at least an inch wider across the face than the vintage Kramer and Maxply. It’s the width of the face that’s vital. A wider face means there’s more total string area, which means the sweet spot’s bigger. With a composite racket, you don’t have to meet the ball in the precise geometric center of the strings in order to generate good pace. Nor must you be spot-on to generate topspin, a spin that (recall) requires a tilted face and upwardly curved stroke, brushing over the ball rather than hitting flat through it — this was quite hard to do with wood rackets, because of their smaller face and niggardly sweet spot. Composites’ lighter, wider heads and more generous centers let players swing faster and put way more topspin on the ball...and, in turn, the more topspin you put on the ball, the harder you can hit it, because there’s more margin for error. Topspin causes the ball to pass high over the net, describe a sharp arc, and come down fast into the opponent’s court (instead of maybe soaring out).

So the basic formula here is that composite rackets enable topspin, which in turn enables groundstrokes vastly faster and harder than 20 years ago — it’s common now to see male pros pulled up off the ground and halfway around in the air by the force of their strokes, which in the old days was something one saw only in Jimmy Connors.

Connors was not, by the way, the father of the power-baseline game. He whaled mightily from the baseline, true, but his groundstrokes were flat and spinless and had to pass very low over the net. Nor was Bjorn Borg a true power-baseliner. Both Borg and Connors played specialized versions of the classic baseline game, which had evolved as a counterforce to the even more classic serve-and-volley game, which was itself the dominant form of men’s power tennis for decades, and of which John McEnroe was the greatest modern exponent. You probably know all this, and may also know that McEnroe toppled Borg and then more or less ruled the men’s game until the appearance, around the mid-1980’s, of (a) modern composite rackets(13) and (b) Ivan Lendl, who played with an early form of composite and was the true progenitor of power-baseline tennis.(14)

Ivan Lendl was the first top pro whose strokes and tactics appeared to be designed around the special capacities of the composite racket. His goal was to win points from the baseline, via either passing shots or outright winners. His weapon was his groundstrokes, especially his forehand, which he could hit with overwhelming pace because of the amount of topspin he put on the ball. The blend of pace and topspin also allowed Lendl to do something that proved crucial to the advent of the power-baseline game. He could pull off radical, extraordinary angles on hard-hit groundstrokes, mainly because of the speed with which heavy topspin makes the ball dip and land without going wide. In retrospect, this changed the whole physics of aggressive tennis. For decades, it had been angle that made the serve-and-volley game so lethal. The closer one is to the net, the more of the opponent’s court is open — the classic advantage of volleying was that you could hit angles that would go way wide if attempted from the baseline or midcourt. But topspin on a groundstroke, if it’s really extreme, can bring the ball down fast and shallow enough to exploit many of these same angles. Especially if the groundstroke you’re hitting is off a somewhat short ball — the shorter the ball, the more angles are possible. Pace, topspin, and aggressive baseline angles: and lo, it’s the power-baseline game.

It wasn’t that Ivan Lendl was an immortally great tennis player. He was simply the first top pro to demonstrate what heavy topspin and raw power could achieve from the baseline. And, most important, the achievement was replicable, just like the composite racket. Past a certain threshold of physical talent and training, the main requirements were athleticism, aggression, and superior strength and conditioning. The result (omitting various complications and subspecialties(15)) has been men’s pro tennis for the last 20 years: ever bigger, stronger, fitter players generating unprecedented pace and topspin off the ground, trying to force the short or weak ball that they can put away.

Illustrative stat: When Lleyton Hewitt defeated David Nalbandian in the 2002 Wimbledon men’s final, there was not one single serve-and-volley point.(16)

The generic power-baseline game is not boring — certainly not compared with the two-second points of old-time serve-and-volley or the moon-ball tedium of classic baseline attrition. But it is somewhat static and limited; it is not, as pundits have publicly feared for years, the evolutionary endpoint of tennis. The player who’s shown this to be true is Roger Federer. And he’s shown it from within the modern game.

This within is what’s important here; this is what a purely neural account leaves out. And it is why sexy attributions like touch and subtlety must not be misunderstood. With Federer, it’s not either/or. The Swiss has every bit of Lendl and Agassi’s pace on his groundstrokes, and leaves the ground when he swings, and can out-hit even Nadal from the backcourt.(17) What’s strange and wrong about Wimbledon’s sign, really, is its overall dolorous tone. Subtlety, touch, and finesse are not dead in the power-baseline era. For it is, still, in 2006, very much the power-baseline era: Roger Federer is a first-rate, kick-ass power-baseliner. It’s just that that’s not all he is. There’s also his intelligence, his occult anticipation, his court sense, his ability to read and manipulate opponents, to mix spins and speeds, to misdirect and disguise, to use tactical foresight and peripheral vision and kinesthetic range instead of just rote pace — all this has exposed the limits, and possibilities, of men’s tennis as it’s now played.

Which sounds very high-flown and nice, of course, but please understand that with this guy it’s not high-flown or abstract. Or nice. In the same emphatic, empirical, dominating way that Lendl drove home his own lesson, Roger Federer is showing that the speed and strength of today’s pro game are merely its skeleton, not its flesh. He has, figuratively and literally, re-embodied men’s tennis, and for the first time in years the game’s future is unpredictable. You should have seen, on the grounds’ outside courts, the variegated ballet that was this year’s Junior Wimbledon. Drop volleys and mixed spins, off-speed serves, gambits planned three shots ahead — all as well as the standard-issue grunts and booming balls. Whether anything like a nascent Federer was here among these juniors can’t be known, of course. Genius is not replicable. Inspiration, though, is contagious, and multiform — and even just to see, close up, power and aggression made vulnerable to beauty is to feel inspired and (in a fleeting, mortal way) reconciled.


Correction: Aug. 27, 2006


An article in PLAY magazine last Sunday about the tennis player Roger Federer referred incompletely to a point between Federer and Andre Agassi in the 2005 United States Open final and incorrectly described Agassi’s position on the final shot of the point. There was an exchange of groundstrokes in the middle of the point that was not described. And Agassi remained at the baseline on Federer’s winning shot; he did not go to the net.



David Foster Wallace is the author of “Infinite Jest,” “Consider the Lobster” and several other books.

jueves, 21 de agosto de 2008

Una visión del mundo, John Cheever

UNA VISIÓN DEL MUNDO
John Cheever / traducción de Aníbal Leal
The New Yorker, 29 de septiembre de 1962

Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. Al final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.

Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí:

6 huevos
entremeses


Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. Al frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.

Pero mi esposa estaba triste.

-¿Qué pasa, querida? -pregunté.

-Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión -dijo-. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. -Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.

Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Por siempre jamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:

-¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... -Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.

Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio -un indicio de la proximidad de la costa china-. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. -Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego -dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.

El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: -Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.-Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.

Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:

-Ra, ra, ra -gritaron-. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.

Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase -en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir- se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.

Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado -quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:

-¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! -Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.

Texto vía: Textos de John Cheever

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